Una mujer escucha llorar a su bebé. Es un llanto que acalla los demás sonidos del mundo, que se vuelve canción de fondo. A la niña le salen ronchas y se rasca hasta hacerse sangre. Dan igual las cremas, los medicamentos, que le aten las manos. La madre es joven y, sin embargo, en las noches que pasa sentada bajo la luz blanca de la cocina intentando que le salgan las cuentas, su adultez tiene un peso insoportable. Un peso que solo consigue aliviar bebiendo. La niña crece y con ella sus ronchas y sus secretos. Pero «el secreto siempre brota, ensangrentado». A flor de piel
Una mujer escucha llorar a su bebé. Es un llanto que acalla los demás sonidos del mundo, que se vuelve canción de fondo. A la niña le salen ronchas y se rasca hasta hacerse sangre. Dan igual las cremas, los medicamentos, que le aten las manos. La madre es joven y, sin embargo, en las noches que pasa sentada bajo la luz blanca de la cocina intentando que le salgan las cuentas, su adultez tiene un peso insoportable. Un peso que solo consigue aliviar bebiendo. La niña crece y con ella sus ronchas y sus secretos. Pero «el secreto siempre brota, ensangrentado». A flor de piel
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