Marc Biarnés lleva años revolucionando las redes con su particular forma de contar lo que pasa. Ahora, con la misma ironía, lucidez y desvergüenza, nos invita a mirar de frente todo aquello que nos empuja a querer escapar de un mundo cada vez más absurdo.
Mira, no sé tú, pero yo no puedo más.
Aquí no cabe otro idiota.
Había una vez un hombre, Mauro Morandi, que no quería relacionarse con nadie. Logró vivir treinta años solo en una isla, hasta que lo descubrieron y lo obligaron a volver a la civilización. «Civilización», la llaman" ...
Mauro es mi ídolo. He pensado en replicar su hazaña, pero los vuelos a las islas desiertas están carísimos. Y, con la suerte que tengo, acabaría de vecino de un grupo de terraplanistas.
Marc Biarnés lleva años revolucionando las redes con su particular forma de contar lo que pasa. Ahora, con la misma ironía, lucidez y desvergüenza, nos invita a mirar de frente todo aquello que nos empuja a querer escapar de un mundo cada vez más absurdo.
Mira, no sé tú, pero yo no puedo más.
Aquí no cabe otro idiota.
Había una vez un hombre, Mauro Morandi, que no quería relacionarse con nadie. Logró vivir treinta años solo en una isla, hasta que lo descubrieron y lo obligaron a volver a la civilización. «Civilización», la llaman" ...
Mauro es mi ídolo. He pensado en replicar su hazaña, pero los vuelos a las islas desiertas están carísimos. Y, con la suerte que tengo, acabaría de vecino de un grupo de terraplanistas.
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Marc Biarnés lleva años revolucionando las redes con su particular forma de contar lo que pasa. Ahora, con la misma ironía, lucidez y desvergüenza, nos invita a mirar de frente todo aquello que nos empuja a querer escapar de un mundo cada vez más absurdo.
Mira, no sé tú, pero yo no puedo más.
Aquí no cabe otro idiota.
Había una vez un hombre, Mauro Morandi, que no quería relacionarse con nadie. Logró vivir treinta años solo en una isla, hasta que lo descubrieron y lo obligaron a volver a la civilización. «Civilización», la llaman" ...
Mauro es mi ídolo. He pensado en replicar su hazaña, pero los vuelos a las islas desiertas están carísimos. Y, con la suerte que tengo, acabaría de vecino de un grupo de terraplanistas.